¿Cómo me curé?

Cuando la gente me pregunta cómo me curé de una enfermedad crónica, suelen esperar que les diga qué fue lo que lo cambió todo.

Una alimentación adecuada.
El tratamiento adecuado.
El complemento sin el que no podría vivir.
Entiendo por qué. Nos han enseñado a pensar así. Si hay una enfermedad, tiene que haber una causa. Si hay una causa, tiene que haber un remedio.
Durante años, así es exactamente como abordé mi propia recuperación.
No dejé de buscar la pieza que faltaba, la que lo explicaría todo y, por fin, me haría sentir bien.
Me llevó mucho tiempo darme cuenta de que mi perspectiva era demasiado limitada.

En busca de LA causa

El primer principio parece casi demasiado sencillo, pero me cambió la vida por completo.

La mayoría de las enfermedades crónicas no se desarrollan a causa de un único factor.
Van surgiendo con el tiempo, como resultado de la interacción entre numerosas influencias: la alimentación, el sueño, el estrés, la actividad física, las exposiciones ambientales, las relaciones, las emociones, las creencias, las experiencias pasadas, la salud del sistema nervioso… cada una de ellas aporta una pequeña pieza al rompecabezas.
Si la enfermedad suele ser el resultado de una acumulación, ¿por qué la sanación dependería de una sola intervención?
Durante años no paré de cambiar de rumbo.
Me centré por completo en la nutrición hasta que llegué a la conclusión de que la alimentación no era suficiente.
En ese caso, me centraría únicamente en la salud emocional.
Luego, las hormonas.
Y luego, la salud intestinal.
Y luego, la espiritualidad.
Cada nuevo descubrimiento me hacía dejar de lado el anterior, como si tuviera que encontrar la verdadera causa antes de poder curarme.
Al final me di cuenta de que esa búsqueda constante me mantenía estancada.
Nunca se trató de encontrar la respuesta.
Se trataba de reconocer que cada paso auténtico hacia la salud aporta algo al conjunto.
El cuerpo no separa la alimentación de las emociones, ni el movimiento del propósito, ni el sueño de las relaciones interpersonales.
Todo está pasando al mismo tiempo.
Todo contribuye.
Y la sanación también.

La sanación se produce en todas las capas de tu ser

En cuanto dejé de buscar una única causa y un único remedio, mi perspectiva empezó a ampliarse.

Empecé a observar mi ser en su totalidad y comencé a ver conexiones que antes no había percibido.
Me di cuenta de que existía una relación entre mis síntomas físicos y mi forma de comer, dormir, hacer ejercicio y vivir.
Entre mi energía y mis emociones. Entre mis pensamientos, mis relaciones, mi entorno y la forma en que mi cuerpo respondía.
La comprensión del primer principio abrió la puerta a esta reflexión más amplia.
Empecé a comprender que cada inversión auténtica en mí misma podía formar parte de mi proceso de sanación, ya que mi cuerpo respondía claramente a través de cambios en mis síntomas.
El tiempo, la energía, la atención y los recursos que dedicaba a algo que realmente me hacía sentir bien y me parecía lo correcto contribuían a mi salud.
No siempre era capaz de justificar o explicar por qué o cómo ocurría esto.
Simplemente sabía que, si mi cuerpo respondía, eso significaba que esas decisiones me estaban llevando por un camino más saludable.
Y confié.
Esto me abrió otra puerta en mi proceso de sanación:
Empecé a darme cuenta de que no hacía falta que entendiera algo al cien por cien para que mi cuerpo se beneficiara de ello.

El cuerpo no espera a que la mente lo comprenda

Cuanto más confiaba en este proceso, más me daba cuenta de que no necesitaba controlar cada paso de mi misma.
Si intelectualmente no entendía por qué me había puesto enferma, ¿por qué pensaba que tenía que entender y controlar cada detalle de mi proceso de recuperación?
Mi cuerpo ya lo estaba haciendo.
Podía observar cambios. Podía sentir cuándo algo me ayudaba. Podía detectar patrones y conexiones. Podía seguir esas señales sin ser capaz de explicar todos los mecanismos que había detrás de ellos.
Esto me hizo pensar en hasta qué punto nuestra relación con nuestro propio cuerpo ha llegado a depender de la validación externa.
A menudo esperamos a que la ciencia nos explique algo antes de atrevernos a confiar en ello.
Por supuesto, la investigación y el conocimiento científico tienen un valor inestimable. Nos ayudan a poner a prueba, cuestionar y perfeccionar lo que creemos saber.
Pero la vida se vive ahora.
Nuestros cuerpos están respirando, adaptándose, reaccionando y curándose en este mismo momento.
Mucho antes de que la ciencia moderna pudiera medir muchos de estos procesos, sistemas tradicionales como el yoga y el ayurveda ya observaban la relación entre la respiración, el movimiento, la alimentación, el ritmo, la mente y el cuerpo, y desarrollaban prácticas basadas en ese conocimiento.
Hoy en día, la ciencia es capaz de investigar y explicar muchas de estas relaciones de forma cada vez más precisa.
Para mí, esto plantea una cuestión importante:

¿Qué parte de nuestra propia inteligencia innata estamos dispuestos a recuperar mientras seguimos esperando a que sea otra persona quien la demuestre?

La sanación me enseñó a confiar en mi experiencia directa.

Sentir.
Escuchar con la suficiente atención como para reconocer una verdad antes de poder explicarla.
Esto se convirtió en mi práctica: respetar las verdades que podía realmente percibir de verdad y utilizarlas para recrear las condiciones en las que la propia inteligencia de mi cuerpo pudiera actuar.
El cuerpo no necesita mi comprensión intelectual para respirar, regularse, adaptarse y regenerarse.
Y tampoco es necesario que comprendas todos los detalles de tu proceso de sanación para empezar a participar en él.

Es posible que tengas a tu disposición muchos más recursos de los que crees en este momento.

Algunas de ellas quizá te resulten familiares. Otras pueden ser ancestrales. Algunas pueden descubrirse a través de la ciencia y la medicina; otras, a través de la naturaleza, el movimiento, la alimentación, la conciencia, las relaciones, el descanso o la simple capacidad de escuchar lo que te dice tu propia experiencia.
Te invitamos a sentir curiosidad por todos ellos.
De ahí proviene también el nombre de «Extraordinary Healing».

Para nosotras, la sanación se convierte en algo extraordinario cuando empezamos a reconocer los recursos que existen más allá de las formas habituales en las que nos han enseñado a enfocar la salud.

Recursos que siempre han estado ahí.
Recursos que se encuentran en nuestro cuerpo, en la naturaleza y en nuestra capacidad para observar, sentir, aprender y cambiar.
A veces, la sanación empieza por recordar que tenemos acceso a más cosas de las que pensábamos.
Y aquí es donde empieza nuestro papel.

No estamos aquí para sanarte. Tú eres el protagonista de tu propia sanación.

Nuestra función es acompañarte en ese proceso: ayudarte a observar, a plantear las preguntas adecuadas, a identificar conexiones, a explorar diferentes opciones y a tomar mayor conciencia de los recursos de los que ya dispones.
Aportamos conocimientos, experiencia, prácticas y puntos de vista. Podemos orientarte cuando te sientas perdido y ayudarte a ver aquello que quizá aún no estés viendo.
Pero tu cuerpo, tu experiencia y tu propia capacidad para escuchar siguen siendo lo más importante.

Y quizá este sea el recurso más extraordinario de todos: recuperar tu lugar en el centro de tu propia sanación.